ComentarEnviar a un amigoImprimir Textos Manuel Maqueda
En Centroamérica, especialmente en Méjico, se celebra el Día de los Muertos, una esta que honra a los difuntos y que emplea profusamente los símbolo macabros de la muerte: calaveras, esqueletos, tumbas y lápidas. En esta era de la información, tengo la sensación de que cada día se ha convertido en un Día de los Muertos. Es algo parecido a lo que le ocurre a Bill Murray en la película Atrapado en el tiempo. Cada mañana, cuando me levanto, soy recibido por ambres que surgen de la radio, de la televisión, de los periódicos, de internet... Son decenas, centenares, miles de muertos que penetran en mi habitación procedentes de China, Irak, África... Muertos en terremotos, en con ictos, en coches bomba... muertos de hambre, de sida, de cáncer... muertos y más muertos por todas partes.
Sentado en un Café, leyendo el periódico, saltan a mis ojos cifras terribles que mi cerebro no alcanza a comprender. Miro a mi alrededor y veo que no soy el único que pre ere hacer como el avestruz y seguir consumiendo petróleo, contaminando el medio ambiente, y viviendo como si nada malo pasara en el mundo. ¿No será que estamos todosmuertos? Lo que es seguro es que cuanta más información tenemos, menos la comprendemos. No estoy hablando de la comprensión intelectual, sino de comprensión humana, de aquella que produce un eco en nuestro interior.
Un sociólogo me contó que, en la actualidad, el habitante medio de una ciudad recibe más datos en un día que antiguamente recibía una persona en un año. Este diluvio permanente de información, en su mayor parte orientado a que compremos cosas, ha contribuido a una indolencia generalizada frente a las cifras y las informaciones, por no hablar de la epidemia de Trastorno por Dé cit de Atención (TDA) que afecta a los niños.
En los tiempos que nos ha tocado vivir hemos ido perdiendo la conexión con nosotros mismos, con nuestras comunidades y con el medio ambiente. Los ciclistas mantenemos a duras penas la cordura, gracias al deporte y al contacto con la naturaleza, pero también sentimos la misma impotencia que los demás. Si la realidad se nos escapa de las manos, y las cifras y las informaciones no son capaces de conmovernos, ¿qué nos queda? ¿Engrosar las las de los muertos vivientes?
No cabe duda que la mejor manera de interiorizar la realidad es reclamar la experiencia directa, siempre que sea posible. El accidente del Prestige fue un buen ejemplo. Miles de jóvenes no quisieron conocer aquello a través de los medios, sino que fueron hasta Galicia para ver, tocar e intentar limpiar aquel desastre. Seguro que en ellos tendremos fervientes ecologistas en el futuro. ¿Y cuando llenarse las manos de realidad no sea posible? Entonces, en mi opinión, sólo el arte es capaz de tender un puente entre la verdad y el corazón humano, ayudándonos a comprender este mundo lleno de realidades complejas y dolorosas, cada vez más difíciles de aceptar. Por ello, la literatura, el cine, la fotografía y la música se están convirtiendo, cada vez más, en alternativas a unos medios de comunicación que, lejos de movilizarnos, han conseguido anestesiarnos. No dejes de pedalear, nos vemos el próximo mes.
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