CANADÁ Terranova Territorio del Yukon Trans Canada Trail Travesia en Canadá  
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1. La ruta2. Sobre el viaje3. Curiosidades
Sí, como todos, soy un amante de la mountain bike, de la adrenalina, de los descensos, las trialeras y las rutas cañeras. Pero después de realizar la Transpirenaica, cruzar en mi bici las montañas del Atlas en Marruecos y pedalear tres semanas en el norte de Mongolia, cambié un poco el chip.
Hace un año, en Semana Santa, mientras viajaba en el coche con dos grandes amigos hacia Andalucía, donde íbamos a hacer una ruta en mtb por la provincia de Cádiz, me iluminé. De repente me vino la idea, como una aparición: realizar un gran viaje en bici, un viaje largo de más de tres meses en un país grande, con una naturaleza vasta y salvaje, lejos de casa.
Enseguida supe que ese país era Canadá,el segundo país más grande del mundo después de Rusia y uno de los menos habitados proporcionalmente hablando (España, que ocupa como mucho una sola provincia de Canadá, tiene cuarenta y tres millones de habitantes. Canadá, con lo grande que es, tiene sólo treinta y tres millones de habitantes). Y así salió el proyecto: cruzar Canadá en bici.
En total, unos 10.000 kilómetros a golpe de pedal cruzando nevadas islas atlánticas, lagos, ríos, bosques boreales, inmensas praderas, abruptas montañas… y conociendo mucha gente diferente mientras se hace camino. El viaje empieza en St John’s (capital de la isla de Terranova, en el punto más al este de Canadá) y acaba en Victoria (capital de la Columbia Britanica y punto más al oeste del país).
Si me quedan tiempo y piernas, me dirigiré al norte, al lejano y salvaje territorio del Yukon. Como no soy nada amante de la carretera, la intención es evitar al máximo el asfalto y seguir un sendero (fruto de un gran proyecto canadiense llamado Trans Canada Trail) que cruza casi todo el país (hay algunas partes inacabadas, así que chuparé asfalto seguro).
Para redondear un poco todo el montaje, como soy diseñador gráfico, se me ocurrió diseñar una página web para que la gente de casa (y del resto del mundo) pudiese seguir mi aventura y al mismo tiempo compartirla yo con los demás.
(La web, ya en marcha, se llama www.rediscoveringamericaproject.com, y en ella se pueden ver las fotos y videos que voy haciendo, así como leer el diario que voy escribiendo. También tiene un foro en el que la gente puede escribir sus propios mensajes y crear más ambiente).
PUESTA EN MARCHA
Cuando te planteas un viaje así tienes que organizarte: consultar guías y mapas, hablar con gente que haya hecho lo mismo o algo parecido, y luego pensar qué te vas a llevar (siempre buscando el máximo ahorro de peso) y ponerte a trabajar.
Meses después no te das ni cuenta y ves que ya has comprado el billete de avión y que le has dicho a tu jefe que dejas el trabajo para lanzarte a una aventura. Los grandes proyectos requieren grandes sacrificios, ahorros y olvidarse de muchas comodidades. Semanas antes de irte tienes que solucionar viejos traumas, como el hecho de no tener ni pajotera idea de mecánica (como mucho engrasas y limpias la bici, cambias las cubiertas, arreglas pinchazos… Pero de radiar una rueda o de toquetear frenos y cables nanai de la China).
No nací mecánico, y sé que eso me marcará en todo mi viaje. Cuando te has reciclado y has aprendido algo más de mecánica (lo justo, vamos) para no quedarte tirado en medio del camino, tienes que hacer una visita a tu taller favorito y, desembolsando mucho de tus ahorros, poner la bici a punto, algo importantísimo en un viaje de estas características; olvidarte de tus super cubiertas ligeras y super adherentes con las que trazas las curvas de tu vida o das tus mejores saltos y cambiarlas por unas cubiertas de viaje, mixtas, muy resistentes a todo y… pesadas.
Además, el look fashion y agresivo que podía tener tu bici desaparece por completo al ponerle el transportín, las alforjas y la bolsa de manillar. Adiós velocidad y conducción temeraria. ¡Bienvenidos seáis, peso y reflectantes! Pero los cambios siempre son a mejor, y todos estos kits que le pones a la bici te van a permitir ser independiente al máximo e ir a tu bola el resto del viaje.
Otra cosa muy importante es consultar el tiempo que va a hacer antes de partir. Buff. En Terranova están a -4 grados en un 1 de abril. Bueno, ¡nada de echarse atrás! Uno se equipa con toda la ropa de alta montaña de la que dispone (suerte que tengo esta otra afición), y la mete a presión en las alforjas (junto con infinidad de cosas aparentemente inútiles pero en el fondo necesarias) ¿Todo listo para partir?
Y así te ves en el avión, cruzando el Atlántico, (tu bici en la bodega, a tan sólo unos metros debajo de ti) algo nervioso y desconcertado, porque vas solo, a pelo, y no sabes lo que te vas a encontrar. Ante ti se alza el gran reto, la gran distancia, pero en tu fuero interno sabes que lo peor es obsesionarse con el final. Hay que vivir cada etapa por separado, eso es lo que te dices a ti mismo, pero inevitablemente te planteas si serás capaz de llegar hasta el final. De repente te asomas a la ventana (la mujer rancia que tienes al lado por fin se ha dado cuenta de que te mueres por ver el paisaje y se hace a un lado dejándote mirar) y ves un mundo blanco, nevado e inhóspito, y una costa accidentada bañada por el Océano.
Sorprendido, piensas que es Groenlandia y le preguntas a la azafata si lo es o no. Ella tampoco lo sabe y llama al piloto. Te dice que no, que estáis sobrevolando el Labrador. ¿Labrador? ¡O sea que ya estamos en Canadá! Y piensas, jopé, si esto es Labrador y está así de nevado y salvaje… ¿cómo será Terranova? ¡Dónde me estoy metiendo! ¡Con lo calentito que estaría en casa! Bah.
En nuestra tierra templada tendemos a exagerar las cosas. Cuando ya has pasado unos días en St John’s, aclimatándote, en plan campamento base, te das cuenta de que la temperatura ha subido a 0 grados. Bueno, no está mal. Y después de comprar provisiones y pedalear 17 Km. haciendo una excursión hasta Cape Spears (Cabo Spears), el punto más al este de todo el continente norteamericano, excursión que te sirve como un ritual de inicio de tu viaje, sabes que ya estás preparado para emprender tu aventura.
EMPIEZA LA AVENTURA
Salgo un domingo día 8 de abril desde el Km. 0 del Trans Canada Trail, pero el sendero este ni lo voy a oler porque, dado que he empezado el viaje demasiado pronto y aquí aun es invierno, el camino está completamente cubierto por la nieve y el responsable del Trans Canada Trail en Terranova me recomienda (mejor, me exige) que vaya por la carretera. ¡Ea! ¡Esto me pasa por bocas! Pero esto es la aventura: improvisar.
El hecho de que nada es como te habías imaginado o como lo habías planeado. En un viaje en bici hay que ser exible. La temperatura es de 0 grados. Hay una niebla muy espesa y llueve mogollón. Hubiese podido elegir un día mejor para empezar, pero aquí siempre hace el mismo tiempo: asqueroso. Me lanzo hacia la Trans Canada Highway (la “autopista” –una carreterita ancha, sin más- que cruza todo el país). Paso mi primera etapa mojándome con la lluvia y congelándome las manos y los pies (pese a llevar botines de goretex). Sobrevivo gracias a que me desvío 9 Km. hasta encontrar un pueblo con un restaurante donde puedo renacer a base de muchos cafés y gracias a poner a secar la ropa en la estufa del lavabo. Mi primera acampada, en la nieve, es extrema (viento y varios grados bajo cero), aunque después de unos masajes en los pies, una buena sopa caliente que me cocino hirviendo la nieve y meterme dentro de mi nuevo saco de plumas, cálido y muy confortable, me levanto al día siguiente con más ganas de marcha, pero con tres dedos de la mano derecha medio dormidos y congelados.
Poco a poco me voy acostumbrando a los rigores climáticos de Terranova. No vuelve a llover en toda la travesía de la isla, pero un día nevó dos veces (hecho que me obliga a dormir en un bed breakfast para no morir mojado y después congelado mientras busco un sitio para acampar y planto la tienda, que requiere su tiempo). Cada día es la misma historia: levantarse temprano, vestirse, poner a secar el saco (húmedo a veces después de la condensación), desayunar caliente, recogerlo todo, desmontar la tienda, engrasar la bici (todo esto ocupa unas dos horas, entre pitos y autas) y ya, con el sol bastante alto (entre las 10 y las 11), salir del refugio que te has buscado en dirección a la Highway, y a pedalear mientras eres el centro de atención de toda la carretera (a veces algunos te pitan y te saludan animándote, otras veces los enormes trailers te tiran a la cuneta).
Cuando ya no aguantas más el frío te paras en una gasolinera y te tomas un café o dos para entrar en calor. Y así todo el día hasta que se empieza a hacer oscuro. Por el camino vas viendo in nidad de ríos, bosques de taiga, cuervos, y, sobre todo, lagos. Los hay para todos los gustos: blancos, helados, semi helados o en su punto.
LASOLEDAD
El paisaje es siempre salvaje, boscoso y nevado, no se ve ni una sola casa, ni un tendido eléctrico, nada que te recuerde a la presencia humana. A veces tienes rachas de viento en contra que duran media mañana o media tarde, obligándote a bajar al plato pequeño y a rodar a una media de 8 a 11 Km. por hora.
Colinas por doquier, muchos sube y bajas (nada que no tengamos en nuestro montañoso país) y poco a poco tienes que ir buscándote un sitio, de estrangis, para acampar. Que se te hace tarde y aquí, cuando se va el sol, es la muerte. Siempre es mejor hacerlo a unos 50 metros de la carretera, porque si te adentras en el bosque y te pones a cenar caliente dentro de la tienda, ¡cuidado con los osos! Y más ahora en primavera, que empiezan a salir de sus cuevas y están hambrientos. Aunque, sinceramente, en esta época paso mucho de los consejos canadienses de cenar siempre fuera y lejos de la tienda y colgar la comida con una cuerda en una rama alta para que no vengan los osos, que con el frío que hace cualquiera cena fuera. Nada nada, dentro de la tienda y calentito, y aun gracias.
Cuando encuentras un sitio que tiene posibilidades, abandonas la Highway y lo exploras, y si te convence, venga, a soltar todo el lastre que cargas a diario como una mula:fuera alforjas, fuera bolsa de tienda y saco, fuera bolsa de manillar, y a plantar la tienda. Luego mételo todo dentro, incluida la bici (que para que quepa tienes que desmontarle la rueda delantera) y ponte a fundir nieve. Es importantísimo, con estas temperaturas, cenar caliente. Y luego, para no perder calor, lo mejor es meterse dentro del saco enseguida. Después, la soledad, que se vence teniendo el tiempo siempre ocupado: que si consultar el mapa para estudiar la etapa del día siguiente, que si escribir el diario transcribiendo el kilometraje del día, la velocidad media, la máxima y los kilómetros totales que has hecho desde el primer día; que si picar una galleta, algo de queso… Hasta que te encierras del todo en el saco (el mejor momento del día) y te pones a leer tu novela turca, que va muy bien porque como es muy complicada enseguida te quedas frito. Y buenas noches, Canadá.
Los días se suceden hasta que me doy cuenta de que he llegado al final de Terranova y que delante de mí ya sólo hay mar y más mar hasta el continente. Bueno. Muerto de frío decido pasar mi última noche en esta isla en un hotelito, bueno, en un hotelazo, que un día es un día, y a veces hay que darse pequeños lujos, y más con el frío que hace. ¡Qué bañerazo me doy antes de salir a cenar! Me despido de Terranova apreciando su singular belleza invernal, atlántica y marinera, que es isla de pescadores y gente de mar, pero sus lejanas tierras del interior, llenas de bosques de taiga, alces, caribúes y osos negros, me recuerdan mucho a las salvajes tierras del norte de Mongolia.
Mi contacto con el continente tan sólo se diferencia de Terranova en tres cosas: dos grados más de temperatura, menos nieve alrededor y más gente. Por lo demás, recorro una costa preciosa y escarpada (una especie de Costa Brava, pero que en vez de pinos, tiene abetos, y la nieve llega hasta la misma orilla del mar) resiguiendo sus enseñadas y bahías naturales, escalando mis primeros puertos de montaña (que me dejan las piernas como salchichas, y en el segundo, el más duro de todos (North Mountain se llama), hace tanto calor que por un momento, aunque sea sólo un momento, puedo quitarme el gorro -que llevo siempre puesto debajo del casco-).
Paso dos días invitado en casa de Mike y su hijo Gordon, muy buena gente, que me conocen tomando un café en un colmado y, que al verme viajando en esta época del año y en bici, enseguida se hacen colegas míos. Aquí, en abril, un cicloturista despierta mucha curiosidad.
Quizás movidos por la misma curiosidad, un grupo de amables y duros pescadores de un pueblo llamado Pleasant Bay amigan conmigo enseguida, después de los puertos, cocinándome un inmenso y delicioso plato de carne de alce (según ellos, más sana que la de nuestras vacas locas) y explicándome el maravilloso arte de la pesca de langostas (“lobsters” las llaman aquí, y en realidad no son langostas, es una especie de marisco enorme que me recuerda a los bichos de la Prehistoria). Antes de retirarme a dormir a la tienda me invitan a cenar pescado. ¿Y qué mejor que cenar un pescado cocinado y servido por un pescador?
Si toda la gente de este país es tan hospitalaria, amable y desinteresada, este viaje va a ser grande. Poco a poco, pedal a pedal, voy entrando en el continente, dejando atrás las islas y la fachada atlántica norteamericana, con sus vientos y sus mareas, con su nieve y sus ríos revoltosos, con sus bahías… Dejando atrás un invierno y un frío que, tarde o temprano, tendrán que retirarse (que no es normal estar un 1 de mayo nevando, digo yo). De momento mi bici y mis piernas aguantan todo el temporal, ¡y espero que sigan así! (Mi aventura continuará en próximos números de El Mundo de la Mountain Bike).
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