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Un reciente estudio de movilidad urbana concluye que la bicicleta es más rápida que el coche por el centro de las ciudades. El hecho de que hiciera falta realizar un estudio científico para llegar a esta conclusión es tan elocuente como los resultados del estudio en sí. La eficacia de la bicicleta por ciudad es obvia a quienes la utilizan, pero sigue resultando sorprendente para los que piensan que circular con ella por el tráfico no pasa de ser una excentricidad trufada de romanticismo y quizás también, de temeridad. Un invierno especialmente seco ha hecho que los niveles de contaminación en algunas ciudades se disparasen hasta cotas preocupantes. La respuesta de algunos ayuntamientos fue la de no hacer nada y rezar para que la situación atmosférica cambiase, llevándose la contaminación a otra parte. Otros optaron por echar la culpa a las “partículas de polvo saharianas”, de cuya existencia no dudo, pero las cuales parecen estar dotadas de vida propia y tener la curiosa costumbre de agruparse sobre las ciudades formando una enorme boina gris. Una respuesta antológica fue la del ayuntamiento de Madrid, el cual recomendó a los ciudadanos ‘que no hicieran deporte’; un consejo que parece salido de una película de los hermanos Marx y que en cualquier otro país hubiera causado un buen revuelo. En claro contraste, la ciudad de Londres lleva aplicando medidas restrictivas del tráfico de coches desde el año 2003. Según un reciente estudio del King’s College, dichas medidas han producido una mejoría, no sólo en la calidad del aire, sino también en la salud de los londinenses. Los expertos se han sorprendido al constatar que, desde la entrada en vigor de las restricciones, los siete millones de habitantes que viven en Londres han superado en total en 1.880 años su esperanza de vida. Respecto de los habitantes de la zona más céntrica, la cifra es todavía más llamativa: se han salvado 183 años de vida por cada 100.000 residentes.
En España seguimos sin una idea clara de lo que se entiende por calidad de vida en las ciudades, ni de los medios para lograrla. Existe una vaga noción de que la bicicleta puede jugar un papel en las ciudades del futuro, pero a la hora de articular medidas que lo faciliten, el encefalograma de nuestros líderes sigue siendo bastante plano. Por ejemplo, hay muchos que piensan que para lograr esto es necesario realizar enormes inversiones en carriles bici. Quienes hayan usado estos carriles, sabrán que muy a menudo son más peligrosos que la calzada, tanto para los propios ciclistas como para los peatones. En ciertas ocasiones, los carriles bicis son alternativas convenientes, pero no siempre. ¿No será que lo que falta es el coraje necesario para desincentivar abiertamente el uso del coche? Si queremos una prueba, basta con fijarse en los carriles bici que son construidos sobre aceras y bulevares, reduciendo así el espacio, no de los coches, sino de los peatones; en absoluta y flagrante contradicción con el supuesto objetivo de estas medidas. Otro gran escollo, del que apenas se habla, aparece a la hora de intentar llevar la bicicleta en transporte público, algo que Renfe y las distintas empresas de metro y autobuses parecen empeñadas en hacer lo más complicado y desagradable posible. En definitiva, un enfoque perverso y viciado de raíz que obliga a los ciclistas a competir por espacio y por recursos, no con los coches, sino precisamente con los otros ciudadanos que menos contribuyen al deterioro ambiental: los peatones y los usuarios de transporte público.
Barcelona ha estado, una vez más, a la vanguardia implantado un sistema de alquiler de bicicletas llamado Bicing, cuyo éxito ha desbordado todas las previsiones. Barcelona todavía tiene muchas asignaturas pendientes en materia de movilidad pero, gracias al Bicing, hoy triplica a Madrid en ciclistas urbanos, a pesar de tener la mitad de población. No hay datos de cómo está afectando a la calidad del aire y a la salud de los barceloneses, pero sería conveniente seguir la pinta a estas variables.
Como madrileño al que le encantan Barcelona y Londres os confesaré que no sé casi nada de fútbol y que la rivalidad entre el Real Madrid y el Barça siempre me ha sido completamente indiferente. Tampoco sigo la Fórmula Uno lo suficiente como para apasionarme demasiado con el duelo entre Hamilton y Alonso. Respeto estas rivalidades cuando son sanas, pero me pregunto si a la hora de compararnos y de tratar de superarnos unos a otros, no deberíamos también fijarnos en cuestiones como calidad de vida, calidad del aire, nivel de ruidos... Imagina además un marcador en el que no se reflejan goles, ni vueltas a un circuito, sino vidas humanas salvadas, barriles de petróleo que no son quemados y toneladas de CO2 que no son liberadas a la atmósfera. El problema es que, si lo hiciéramos así, quizás nos daríamos cuenta de unas verdades no sólo inconvenientes, sino también embarazosas: que hasta nuestros mejores equipos juegan en segunda división, y que hay muchos jugadores que van de superestrellas, pero que todavía ni siquiera saben distinguir entre la portería propia y la contraria. En nuestras manos está cambiarlo. No dejes de pedalear.
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