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MOOTS: ARTE EN TITANIO

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MOOTS: ARTE EN TITANIO

El Mundo de la Mountain Bike nº 057

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1. Introducción 2. La sombra de Moots es alargada3. Más información

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Salvo honrosas excepciones, visitar fábricas de bicicletas no es mi encargo periodístico favorito. A menudo, el guía que te acompaña en este tipo de visitas es un plomizo ingeniero al que se le nota al kilómetro que lleva meses sin comerse un rosco y que se regodea en los detalles más insignificantes de los procesos de fabricación, de tal manera que hay que tomarse tres cafés para escucharle sin dar cabezadas.

Sólo cabe rezar para que algún asunto urgente o una llamada telefónica imprevista le obliguen a apresurar la visita. Otras veces, en lugar de un ingeniero empollón te encasquetan a un avispado del departamento de marketing, y entonces uno tiene la sensación de estar atrapado dentro de uno de esos programas infomerciales de televisión que anuncian los aparatos más inverosímiles a las tres de la madrugada -con la diferencia de que no dispones de un mando a distancia con el cual poner n a la cantinela insufrible del vendedor. Además, muchas fábricas de bicis están enclavadas en poblachos industriales sin ningún atractivo, y cuando entras en el taller ya sabes de antemano que allí sólo vas a encontrar tipos sudorosos vestidos con monos y petos, soldando tubos y escuchando la radio a todo volumen; y, salvo que ésta sea precisamente tu fantasía, no es éste precisamente un panorama por el que me apetezca recorrer miles de kilómetros y malgastar los preciados kilobytes de la tarjeta de memoria de mi cámara digital.

HIPPIES, PIONEROS Y PIJOS
Sin embargo, como decía al comienzo, existen honrosas excepciones. Hay algunas fábricas que, por su emplazamiento o por su personalidad, es un placer visitar. Una de ellas es Moots. Para empezar, Moots está enclavada en un pueblecito lleno de encanto: Steamboat Springs, en plenas montañas Rocosas. Este lugar, rodeado de pistas de esquí y de fuentes de aguas termales, es la versión americana del pueblo de Heidi; aunque los humildes personajes de la novela de Spyri, como Pedro el pastor y el ligeramente siniestro abuelo, hoy en día no podrían pagarse el alquiler ni de un trastero en Steamboat Springs. Incluso Clara y la señorita Rottenmeyer se quedarían más lívidas de lo habitual si tuvieran que pagar la cuenta en cualquiera de los restaurantes que jalonan la calle principal. Pero los atractivos de Moots no terminan en su privilegiado emplazamiento: también es una marca llena de sabor y de historia. En los años 70, antes de que los pijos invadieran Steamboat Springs con sus todoterrenos de lujo y sus forros polares de marca, este pueblo era un lugar tranquilo y asequible donde muchos hippies, algunos artistas hambrientos y numerosos inconformistas de variado pelaje decidieron instalarse. Uno de ellos fue Kent Eriksen, quien llevaba varios meses pedaleando en solitario por Méjico, Canadá y Estados Unidos y decidió hacer de Steamboat Springs su final de trayecto. En las afueras del pueblo, Kent se construyó una cabaña en la copa de un árbol, donde vivía al más puro estilo Tarzán, acudiendo a trabajar en bicicleta a diario, ya lloviese, tronase o nevase. La necesidad de pedalear un buen trecho por el medio del bosque hizo que Kent comenzara a introducir modificaciones en su bicicleta: ruedas más gruesas, geometría más lanzada, manillar de motocross... Poco imaginaba que en California, a 2000 Km. de allí, Joe Breeze, Steve Potts, Gary Fisher, Tom Ritchey y otros pioneros estaban dotando a sus viejas Schwinnn de precisamente las mismas modificaciones. En 1976, Kent abrió una tiendecita de bicicletas en el centro de Steamboat Springs y empezó a fabricar cuadros de “bicis todo-tereno” bajo la marca Moots. El extraño nombre proviene de una gomita de borrar que Kent tenía de niño; una gomita con forma de un cocodrilo con la cola levantada, a la que bautizó con el nombre de Mister Moots.

Aquel pequeño taller artesanal de romántico nombre pronto comenzaría a fabricar, no sólo algunas de las primeras bicicletas de montaña de la historia, sino también las más avanzadas del momento. A Moots corresponde el honor de haber elaborado la primera bicicleta que ganó un campeonato NORBA en 1983: una Moots Mountaineer de acero. Curiosamente, para el vencedor, Steve Tilford, aquella fue la primera carrera de mountain bike de su vida. En 1987, Moots crearía la primera doble de la historia: la Moots YBB -modelo que, con algunas modi caciones, sigue fabricándose en la actualidad, siendo uno de los diseños más imitados de la historial de nuestro deporte. Otra invención que debemos a Moots son los acoples de manillar, hoy relegados al XC, pero en su día omnipresentes en las mejores bicis. Asimismo, ahora que las 29” se han puesto de moda, cabe recordar que Moots las introdujo en su catálogo ni más ni menos que en 1999. Desde 1991 hasta la actualidad, Moots apostó por un material exclusivo y rodeado de un aura casi alquímica: el titanio.

Poco a poco, las bicicletas Moots se fueron convirtiendo en una leyenda por su calidad, belleza, originalidad -y también por su precio estratosférico. Moots fue creciendo, pero sin dejar de ser un taller artesanal, donde todo se elaboraba -y se elabora- a mano y a menudo por encargo. En la actualidad, 16 personas integran la plantilla de Moots, de las cuales 11 trabajan en el taller y sólo cinco realizan tareas de soldadura. Unos 900 cuadros son producidos al año. Hace cuatro años, Kent pegó la espantada: vendió sus acciones de Moots y se convirtió voluntariamente en un mero soldador en su propia fábrica. Un inusual paso profesional que revela el carácter apasionado e inconformista de un hombre que nunca se ha sentido cómodo en los ambientes corporativos. Donde Kent es feliz es en la mesa de dibujo y en el taller de corte y soldadura. Hace año y medio, Kent decidió dar un paso más en su escapada a los orígenes: abandonó su puesto de soldador en Moots y abrió un diminuto taller precisamente en el mismo lugar donde, 25 años atrás, tuviera su primera tienda de bicicletas. Allí, ayudado por su hijo, se dedica a elaborar sus propios cuadros, con cuentagotas y para un reducido número de clientes.

Kent Eriksen ya no está involucrado directamente en Moots, pero sus sombra es alargada y omnipresente. En Moots siguen sus alumnos, sus amigos y sus discípulos. La filosofía de la marca no ha cambiado, como tampoco lo ha hecho la calidad de sus bicicletas.

En la actualidad, el taller de Moots ocupa una moderna navecita en las afueras de Steamboat Springs. Sobre la techumbre del edi cio se esconde uno de sus secretos mejor guardados: tres cómodos y discretos lofts, bien amueblados y con maravillosas vistas del valle del río Yampa y de las colinas de Emerald Mountain. Su uso está reservado a los dueños, empleados y amigos de Moots. Precisamente en uno de estos Lofts me instalé a cuerpo de rey, junto a una guapa ciclista llamada Leah que me acompañó a este viaje en calidad de ayudante. Completaban nuestra troupe un vehículo cargado de material de aire libre, una perra dálmata llamada Iris, dos bicicletas y una caja de botellas de vino traídas ex-profeso desde California para hacer la estancia lo más llevadera posible, todo lo cual hizo que me sintiera como Serafín Latón invadiendo el palacio de Tintín. En los cuatro días que pasé abusando de la hospitalidad de los chicos de Moots tuve ocasión de charlar tranquilamente con todos ellos y de participar de su estilo de vida. Desde las puertas mismas de la nave se despliega una red de preciosos senderos especialmente construidos para el ciclismo de montaña y bien mantenidos por la activa comunidad de bikers del pueblo. A la hora de la comida, muchos trabajadores prefieren cambiar la hamburguesa y el refresco por el casco y las zapatillas y salir a dar una vuelta en bici. En invierno, las bicicletas dan paso a los esquíes o las tablas de snow. Una forma de vida tranquila y en contacto con la naturaleza, para unos trabajadores que desconocen lo que son el estrés o las largas horas atrapado en el tráfico cada mañana. Esta forma de vida equilibrada se deja ver en las bicicletas: soldaduras perfectas, minuciosa atención al detalle, limpieza, armonía, discreción.

MOOTS PARA TODOS LOS GUSTOS
En la actualidad, el catálogo de Moots está formado por dos bicicletas de carretera, una de ciclocrós, una de cicloturismo, tres bicis de montaña dobles de 26”, dos dobles de 29”, una rígida de 26” y otra rígida de 29”. Para conocer los detalles, lo mejor es visitas su página web en www.moots.com Todas las Moots se ofrecen a medida, aunque también existen entre 5 y 7 tallas por modelo para los que pre eren no complicarse la vida (aproximadamente un 60% de los clientes compran tallas de stock). Asimismo, hay innumerables opciones de personalización que incluyen patillas deslizantes para siglespeed, bujes Rolhoff, o acopladores S S -los cuales permiten desmontar el cuadro para su transporte. Otra opción, reservada para los friquis más pudientes, es la de emplear tuberías de titanio Reynolds 6/4, sobre el cual hablaremos más adelante. También cabe mencionar que dos de las bicis dobles (YBB y Mooto-X 29) son en realidad ‘softails’, es decir, dobles sin pivote que obtienen 30mm de recorrido gracias a la exión de sus vainas de titanio. Las demás dobles recurren al sistema de suspensión Matched Arc, que destaca por una gran bieleta central que pivota sobre el tubo de tija. Sus basculantes están elaborados en aluminio 6160 T6 por el fabricante californiano Ventana y sus recorridos van desde los 100 de la Zirkel a los 130 mm de la Cinco. Además de cuadros, Moots elabora componentes de titanio, entre ellos su famosísima tija y su más famosa todavía potencia Ti-Beam, la cual probé en la sección American Toys de esta revista hace ya varios números, artículo que podrás encontrar en internet.

VIAJE AL CORAZÓN DE LA MÁQUINA
Ponte las Ray Ban de carey, cálzate tus mejores zapatos castellanos y engomínate el pelo, que vamos a entrar en el taller divino-de-la-muerte de Moots. Nuestro recorrido comienza en el almacén de materiales. Una habitación que recuerda al secadero de jamones de la famosa película de Bigas Luna, pero aquí, en lugar de perniles de Teruel, lo que vamos a admirar son tuberías de titanio de diversos diámetros y longitudes. Si las cañas de lomo ibérico y los jamones de jabugo te parecen caros, no te imaginas el dineral que tienen aquí acopiado estos chavales. Los tubos “normales” que emplea Moots son de titanio 3/2.5, lo cual significa que se componen de una aleación de titanio con el 3% de aluminio y el 2,5% de vanadio. Estamos hablando de titanio de calidad aeronáutica con secciones de tubo continuas. En una zona aparte encontramos los tubos pata negra, reserva especial, 5 jotas: titanio Reynolds 6/4 (6% aluminio, 4% vanadio). Un material rarísimo, di cilísimo de conseguir y, sobre todo carísimo. Estos tubos son de grosor variable y coni cado doble y sólo hay dos marcas en el mundo, incluida Moots, que lo utilicen. Los clientes que piden este material deberán desembolsar 2000 dólares extra por cuadro.

Muy cerquita del almacén encontramos unas enormes máquinas fresadoras brutales, toscas, sobredimensionadas, que parecen sacadas de una película de Fritz Lang. Su misión es cortar y biselar los tubos con gran precisión, operación en la que es esencial utilizar las revoluciones por minuto adecuadas y las fresas de corte indicadas para que los acabados sean perfectos.

Una vez tenemos los tubos cortados y biselados, es preciso desbarbarlos y pulir cuidadosamente las zonas de corte. A continuación, se procede a su limpieza, para eliminar los residuos de los aceites pesados que las fresadoras utilizan como lubricantes y refrigerantes. Por si la limpieza convencional no bastase, los tubos son también introducidos en un limpiador de ultrasonidos que se encarga de limpiar el metal a nivel molecular. A partir de ese momento, los tubos serán manejados siempre con guantes de algodón para evitar su contaminación con huellas dactilares o con los aceites naturales que segrega la piel humana.

El paso siguiente es el montaje de los tubos sobre un bastidor milimetrado, en el cual se ha establecido la geometría del cuadro. Un medidor de ángulos digital se emplea para veri car todas las alineaciones antes de aplicar unos pequeños puntos de soldadura para a anzar el conjunto.

EL SOLDADOR- ALQUIMISTA
En este punto es cuando el alquimista aparece vestido con una capa de armiño y un bicornio y saca su varita mágica -que en este caso es un soplete de soldar. Todos sabemos que la soldadura es la madre del cordero de todo cuadro artesanal de titanio. Esas pequeñas ondas de metal son el lugar donde van a recaer todas las miradas de los friquis y sobre el que van babear los clientes que han tenido que malvender su Porsche Cayenne para poder permitirse su Moots de encargo con todos los extras. Los soldadores de Moots han tenido que comer muchos bocadillos y pasar muchas horas soplete en mano antes de poder ponerse la gorra de plato que les identi ca como Soldadores, con S mayúscula, cargo que en el mundo de la bici artesanal equivale al de Capitán General con mando en plaza. Para soldar titanio como Dios manda hay que evitar a toda costa la presencia de oxígeno. Para ello, lo primero que hay que hacer es taponar los tubos e inyectar gas argón en su interior durante 20 minutos. Luego ya podemos empezar a soldar, pero siempre dirigiendo un buen chorro de argón hacia las super cies de soldadura.

Una vez el Soldador ha terminado su labor mística y cae desmayado de agotamiento, toman el relevo los encargados del acabado manual. Lo primero que hacen es remachar número de serie sobre el eje de pedalier, como el hierro que se le estampa a un toro Miura sobre la piel. Luego llega la hora de escariar el interior de los tubos de tija, dirección y pedalier, para hacer sus dimensiones perfectas y facilitar el posterior montaje. Luego, el cuadro se coloca en la mesa alineadora, donde todos los ángulos y alineaciones son veri cados, ya que las dilataciones por el calor de la soldadura pueden producir pequeños desajustes. Es muy raro que un cuadro no pase esta prueba. Luego llega el repaso manual de todos los acabados, el montaje de basculantes y amortiguadores, la aplicación de calcomanías y el control de calidad nal. Cada persona que interviene en la fabricación va rmando su nombre sobre una etiqueta amarilla que acompaña a cada cuadro a lo largo de todo el proceso y que llega hasta el cliente nal. Parece una forma de auditar quién hace cada cosa pero, en realidad, se trata de un mecanismo a través del cual cada rmante mani esta, con orgullo, la autoría de un trabajo bien hecho.

CONCLUSIONES BAJO LA LUNA
Cae la tarde sobre Steamboat Springs y yo y mi ayudante hacemos balance de la visita a Moots mientras nos relajamos en Strawberry Hot Springs, unas pozas de aguas termales al aire libre, en las que el traje de baño es opcional. Con un vaso de vino en la mano y un dosel de estrellas sobre nuestras cabezas, es fácil imaginar cómo era esta zona en los años 70, cuando la psicodelia hippie y los paletos al estilo La Casa de la Pradera se repartían armoniosamente un paraje entonces indómito y virginal. Como recordatorio de que los tiempos han cambiado, llega hasta mi la voz de un idiota que está hablando a gritos por su iPhone en la charca de al lado y me está arruinando el silencio del crepúsculo, el sabor del vino, la risa de Leah y el calor tonificante de las aguas sulfurosas. ¿Qué ha sido de la autenticidad del mountain bike en estos tiempos de consumo desbocado? ¿Qué ha sido de los soñadores y de los artesanos? ¿Qué ha sido de los tipos como Kent Eriksen? Todos ellos son especies en vías de extinción y Moots se ha convertido en una especie de parque nacional, en un último reducto de vida autóctona. Es una pena que el precio de entrada a este sancta sanctórum sea tan elevado, ya que todos los aficionados al ciclismo de montaña deberían, aunque sólo fuese una vez en la vida, experimentar de primera mano la pureza y la elegancia de pedalear sobre una máquina hecha con amor, con cuidado y con orgullo. En un mundo cada vez más complejo y más ruidoso, las Moots son como un haiku susurrado al oído. Y mientras otros se entregan a los fuegos arti ciales del marketing, Moots, en su retiro alpino, traza sutiles surcos en la grava de un jardín Zen.

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