ComentarEnviar a un amigoImprimir Textos Jordi Relaño Fotos Jordi Relaño
1. La Ruta2. Sobre el viaje
Salir de Europa para viajar a África es sólo un paso si vivimos en España. Marruecos es una destino habitual para los turistas de nuestro país. Viajar al mundo vecino es una mezcla enorme de sensaciones.
Hay muchas maneras de acercarse a las montañas. Andando, el movimiento de la cadera actúa como un péndulo que funde el tiempo en el espacio, dejando surcos profundos. El serpentear del coche por los toboganes agrietados de asfalto, en cambio, acelera un tiovivo de paisajes que recorre largas distancias tras las ventanillas. ¿Cómo unir ambas cosas cruzando el Alto Atlas? ¿Cómo recorrer largas distancias sin renunciar al contacto con todo cuanto nos rodea? Al equipar con alforjas la mountain bike, mi hermano y yo hallaríamos, el pasado abril, el punto intermedio entre lo intenso del viaje a pie y lo ubicuo del deslizarse a motor. Siete etapas de 100 Km. arrastrando 15 Kg. nos permitieron unir sin vehículo de apoyo Marrakech y Midelt y cruzar el Atlas dos veces. Durante la ruta ascendimos hasta pegarnos a las nubes, rodamos a través de largas gargantas, de palmerales, de bosques de todo pelaje, en los huecos de antiguos glaciares…pero no renunciamos a perdernos también en lo hondo de los ojos antiguos que moran las altiplanicies, en el alboroto de enjambres de niños, entre formas de vida casi extinguidas... El periplo no arrancó en el embrollo del trá co espontáneo de Marrakech, sino en una librería de viajes enclavada en la pulcra cuadrícula del Ensanche barcelonés. La clase de olla donde al caldo de la curiosidad se le añade la sal necesaria. Sobre la mesa, revistas, libros, mapas a distintas escalas, radiografías cartográ cas, ríos, líneas de coloreadas, símbolos y relieves bidimensionales que intentábamos alzar mentalmente. Sabíamos que, partiendo de Marrakech (466 m.), cruzar el Atlas en dirección sur por el collado de Tichka (2.260 m.) sería relativamente sencillo con buen tiempo. Rodar luego hacia el este en las ondulaciones paralelas a la cara sur de las montañas, tampoco debía preocuparnos. Lo que no teníamos para nada claro era cómo cruzar el Atlas de vuelta, en dirección a Fez, destino inicial de la ruta. El Túnel del Legionario conducía a la garganta del Ziz, el paso al sur de Fes, reconocible ya en mapas del siglo XV. Sin embargo, optamos por escoger la línea oblicua que remonta el río Dades hacia Tizi-n Ouano, un collado a casi 3.000 m. ¿Y luego qué? Nada menos que 200 Km. de pista por encima de los 2.000 m. ¿Dónde dormir? ¿Qué comer? Deberíamos hallar respuestas sobre la marcha. Por eso incluimos en el equipaje fundas para el saco y mantas y ropa térmica y el potabilizador de agua en gotas. La ruta estaba subrayada ya en el mapa, un empalme de líneas rojas y blancas entre símbolos y nombres desconocidos que se volverían imágenes con el girar de las bielas.
NOS VAMOS
Este viaje es muy de nuestro tiempo, un hijo de los nuevos vuelos de bajo coste que parten de Girona. Aterrizamos al ponerse el sol y encontramos el aeropuerto de Marrakech en obras, preparándose para acoger el creciente ujo de pasajeros. A contrarreloj, montamos en las mountain bikes y nos vimos engullidos por los conos de luz de un organismo en movimiento articulado por una maraña de seres rodantes de lo más diverso.
En el arcén invisible, ciclistas tranquilos montaban bicis rechinantes, las motocicletas trompeteras cargaban tanto fardos como pares de chavales que se sorprendían al vernos. No había apenas semáforos. Si un peatón se adentraba en la jungla de asfalto, los vehículos recalculaban trayectorias con naturalidad, si una moto adelantaba a un ciclista, el resto anticipaba su movimiento. En general, había tan poca urgencia y tal atención al volante que se resolvía cualquier imprevisto sin alarmismos. A un tiro de piedra de los semáforos de Europa, el desorden aparente de Marrakech se destapó aparentando un ruidoso desorden, interioridades de no encaje. Por un día, derivamos entre las mareas que día y noche moldean el zoco y la plaza de la gran ciudad del sur a 400 m. de altura. Luego abandonamos sus muros entre ciclistas, burros de carga y coches. A lo lejos, la pared del Alto Atlas se agrandaba poco a poco con sus techos nevados de 4.000 metros. La carretera se fue empinando hasta adquirir la pendiente suave y continua que nos llevaría hasta el primer escollo del viaje: el paso de Tichka, a 2.260 metros. Hasta entonces, los poblados de cemento visto se convirtieron en algo parecido a áreas de servicio para un trá co escaso: colmados minúsculos, chiringuitos donde beber zumo, te, comer cous-cous, souvenirs…El verde apareció pronto: alternadamente transcurrimos entre retales de bosque, hileras de cactus carnosos, cultivos... Al color pardo de la tierra y la roca se le superpuso una intensidad vegetal que nos acompañaría durante casi todo el viaje. En el tramo nal del puerto, tras dormir en la “asociatión pour le developement” de Taddert (muchos pueblos tienen una), las rampas se endurecieron y un viento frontal arremetió contra nosotros. Si en una rampa subíamos a 16 Km./h., tras girar 180 grados, lo hacíamos sólo a 9 Km./h. Las rachas de aire nos obligaban a compactarnos sobre la bici, a bajar la cabeza y coger fuerte el manillar entre los gritos de ánimo de los turistas de 4x4, los únicos vehículos aparte de los viejos camiones de mercancías marroquíes.
al inicio de la bajada el viento no cesó: sin darle a los pedales, las ruedas simplemente dejaban de girar. Al aumentar la velocidad las ráfagas se tornaron impredecibles y nos obligaron a extremar la conducción. En los pliegues de la roca, las carambolas del aire tan pronto nos empujaban hacia la pared como al carril contrario. Todo cambió al tomar la carretera secundaria en dirección a Telouet, el pequeño poblado anexo a la lujosa kasbah de más de 200 años, habitada hasta mediados del siglo XX. En adelante, las antiguas fortalezas de barro y adobe serían centinelas habituales a ambos lados del camino. Símbolos de un poder antiguo con sus torres cuadradas engarzadas a las esquinas del dado central, más bajo, también de adobe. Comparada con el conjunto de kasbah de Ait Benhadou (en sus múltiples palacios albergó más de 1.000 habitantes y el rodaje de Gladiator) la gran kasbah de Telouet fue lo que una astilla a un árbol. Para llegar a ella rodamos sobre quilómetros de piedras por primera vez, desa ando los neumáticos lisos de 1.50. Aunque viajábamos con cubiertas plegables de 2.00 en las alforjas, no las llegamos a cambiar nunca, aunque es muy recomendable. ¿Una locura? Seguramente, pero en subida la tracción aumentó debido al equipaje y, en cuanto al descenso, trazar sobre piedra sorteando hoyos y roca, resultó electrizante. Enlazando con la carretera de Tichka, llegamos a Ouarzazate, antesala de las dunas de Zagora. Desviándonos hacia el este, comenzamos a reseguir el río Dades. El viento a favor nos hizo volar sobre el asfalto a casi 40 Km./h., mientras la silueta pétrea del Atlas se recortaba a la izquierda entre nubes y bruma. Ante nuestros ojos no había nadie, ni casas, ni árboles ni, apenas, coches. Cada ondulación del terreno iba seguida de más roca y una nueva colina levantándose a kilómetros de distancia. Luego todo fue cambiando: las palmeras salpicaron los bordes de un cauce seco, reaparecieron las kasbah, los poblados y los ciclistas que, pegándose a rueda, nos acompañaban a trechos. En un alto, vimos los sombreros cónicos de unas ollas de tajin y nos detuvimos a comer.
HACIA LAS MONTAÑAS DEL NORTE
Boulmane Dades (1.580 m.) supuso el giro brusco de la carretera hacia el norte y las montañas. La pendiente aumentó, las casas menguaron y el trazado sinuoso se fue encajonando cada vez más entre los dos ancos de piedra rojiza levantados sobre el fondo verde del valle. Cuatro días atravesando el Atlas iban a dar mucho de sí.
Al principio nos elevamos a lo largo de amplísimas curvas, que más adelante tomaron la forma de requiebros en zigzag. A 2.000 m., el sol dejó de calentar y remontamos un puerto de curvas pronunciadas que nos elevó de nitivamente sobre el lecho del río. A nuestros pies quedaba el cañón profundo excavado por el uir del agua y los siglos. Perdimos altura hasta Msemrir, un centro económico de pocas casas y un mercado porticado más grande que un campo de fútbol. Comimos copiosamente y compramos dos panes enormes y latas de conservas: en adelante, el asfalto daba paso a la piedra y a lo desconocido. Lo que veríamos a continuación fue fascinante.Lejos de adentrarnos en parajes desiertos, rodamos por un valle largo y ancho a más de 2.000 m. salpicado de poblados de adobe junto a un río que estallaba en cultivos y verde. La quietud era tal que lo único que marcaba el paso del tiempo eran los crujidos de la tierra bajo los neumáticos. Pasados 100 Km., sólo encontramos albergue en la trastienda del único colmado de Tilmi, un pequeño pueblo agrícola. En el frío del anochecer cruzamos a pie el río hasta el promontorio de casas de adobe, donde grupos de mujeres adornadas con tatuajes bereberes conversaban animadamente arrebujándose en sus túnicas coloreadas, al abrigo de los muros, quizá en el único descanso del día.
Al día siguiente, mientras reptábamos por las rampas de Tizi-n-Ouano (3.000m), las vimos hundirse en los lodazales de los campos con niños por mochila, o carretear pesados fardos de hierba, mientras hombres tumbados entre las rocas, controlaban rebaños de cabras y ovejas.
Ambos tenían una mirada honda y directa, un espejo que re ejaba lo duro de vivir casi donde las aradas eran aún de madera y las casas, de barro. A uno y otro lado del collado los niños nos asaltaron como si en las alforjas tuviéramos tesoros. Lo dejaban todo para venir a nuestro encuentro, a veces para tocarnos la mano, casi siempre para correr a nuestro lado al grito implorante de “¡monsieur, bombon!”, “¡monsieur, stylo!”, “¡monsieur, un dirham!”. Fue una constante, oíamos su respiración jadeante y el rechinar de las piedras bajo sus pies a veces descalzos. Refugiados tras gafas de sol, veíamos la angustia en sus rostros al abandonar la persecución. Algunas preguntas pecarían de ingenuas: ¿por qué niños de apenas 8 años nos tironeaban los guantes?, ¿por qué, siendo tan pequeños, algunos nos despedían con palabras y ojos inundados de rabia? Cicloturistas, sí, pero europeos como los viajeros de 4x4, como los motoristas. Entre campos arados aún por animales, paseábamos máquinas de tecnología avanzada al servicio del placer. La mística de la aventura rebosa con frecuencia de sudores y sensaciones vibrantes. Imágenes sesgadas, deformes. Contra la imagen del tiempo que se detiene, de los paisajes de ensueño, de la vida sin atascos, el recuerdo del pastor joven pero de piel ya agrietada por el clima duro. Se nos acercó mostrándonos sus manos:
pedía sólo una pomada para deshinchar sus dedos deformados por heridas aún abiertas. Entre Imilchil y Toun te pedaleamos entre cedros grandes en un valle estrecho cuyo río devoraba la pista obligándonos a hundirnos en el agua hasta los ejes. Nos cruzamos dos veces con el rosario de 4x4 que escoltaban el gobernador de la provincia, en visita o cial un día después de que lo hiciera el propio Mohamed VI, en su esperada gira por el sur. Policías, políticos y militares de gala eran aclamados por los campesinos entre el ondear de centenares de banderas rojas apostadas entre las casas. Incluso los niños llevaban sus mejores ropas. El guía de montaña que nos acogió muy amablemente en su casa de Imilchil, nos cantó las excelencias del monarca: a su paso, dijo, llegaban ayudas muy necesarias. Aziz, el guía, nos tradujo las noticias donde el líder político y espiritual del país aumentaba su popularidad a golpe de talonario. Bueno, al n y al cabo, eso puede que no sea tan singular.
Aconsejados por Aziz, decidimos no tomar rumbo a Fez, sino rodar al este para cruzar el Cirque du Jaffar, el hueco dejado en la roca por la ausencia de un antiguo glaciar circular. Para llegar a él, avanzamos penosamente entre encinas, por pistas lentísimas, sendas irregulares que impedían pedalear cómodamente. Vimos casas aisladas en el bosque, remontamos pendientes infernales, nos deslizamos durante quilómetros a 50 Km./h., apretando los dientes. Midelt fue el nal del viaje en bici, un pueblo grande, con zoco, cafés, hoteles, calles comerciales, comida ambulante en las calles. El regateo perdido en Marrakech reapareció con virulencia en la estación de autobuses. Montamos en uno de ellos y cruzamos el Atlas Medio, cedros por n apretados, estaciones de esquí, pueblos crecientemente grandes, de nuevo colmados clónicos salpicando la carretera. Tras todo un día de viaje para poco más de 200 Km.,nos perdimos en las arterias en ebullición de la antigua medina de Fez. Curtidores, artesanos, vendedores a la caza de un turismo que se agolpa en las puertas de la muralla. En su interior una malla densa de visiones: un anciano transportando lecheras con el esqueleto sin frenos de una vieja moto, un mercado de verduras, el olor a especies, un zoco, un laberinto de calles, minaretes llamando a la oración, la picaresca, comida en la calle, el movimiento, los gatos de las carnicerías, el barrio afrancesado… todo eso y lo anterior: las montañas, el verde, los ríos, los valles y sus habitantes, se alejaron a espaldas del avión, de vuelta a casa. De nuevo en Girona, el trá co ordenado, la seguridad social, el olor a sobaco del metro, la nevera repleta. Ambos países tienen monarquía y parlamento. Cerca y lejos, dos palabras que al caer sobre Marruecos se enroscan como los brazos espirales de una galaxia de contrastes.
1. La Ruta2. Sobre el viaje
Para dejar un comentario regístrate o accede si ya eres usuario.
Publicaciones online de MC Ediciones, S.A.MC Ediciones
© 2008 MC Ediciones, S.A. | Powered by Newcomlab