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TRAVESÍA POR CANADÁ EN MOUNTAIN BIKE (2º PARTE)

El Mundo de la Mountain Bike nº 051

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1. La ruta2. Sobre el viaje

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El viaje hacia el Oeste continua. Definitivamente has dejado atrás el frío de las provincias marítimas y Quebec, y el calor y el sol, por fin, parecen hacer acto de presencia. Lo hacen con tanta insistencia que, a veces, añorarás aquellos primeros días en Terranova, cuando uno podía hacer frente al frío a base de sopitas calientes y sacos de pluma.

El calor y, sobre todo, la humedad, son de peor remedio. A medida que avanzas hacia poniente, las ciudades y las zonas urbanas se van difuminando hasta dejaros a la bici y a ti a solas con los elementos. En bragas. No hay puertos que escalar, pero sí tormentas con las que estar al quite. Así que tus primeros días en Ontario son pasados por agua.
En este país las lluvias no son pasajeras y de un rato, como en el nuestro, sino permanentes y más que generosas (cae agua por un tubo), tanto que a veces casi necesitas gafas de buceo, tubo y pies de pato, más que manillar, cuadro y pedales. Las alforjas, por suerte, son impermeables. No lo es, en cambio, tu cubierta de gore, que tiene mucho tute, la pobre, y el goretex ya no es lo que era; de manera que pasadas varias horas bajo la lluvia incesante, acabas más empapado que otra cosa... en vez de barritas energéticas, casi sacas peces de los bolsillos del maillot.

Levantarse en la tienda y comprobar que hoy, como ayer (y el otro) sigue lloviendo, no es algo alentador, pero hay que reconocer que, si uno ha podido secarse y cambiarse de ropa, los primeros kilómetros bajo la lluvia matinal hasta son agradables. Sólo los primeros. Enseguida se empiezan a notar los efectos del chaparrón. Primero por debajo, pues por muchos botines impermeables que lleves, el agua acaba venciendo y al rato tienes los pies como si pisases uvas. Luego te vas mojando el cuerpo, lentamente, pasito a paso. Humedeciéndote. Lo único que se conserva seco es la cabeza, pues la capucha, al final, parece tener poderes mágicos y, por mucha agua que caiga, sigue cumpliendo su función con mucha dignidad y nobleza.

La lluvia no es problema siempre que uno se mantenga en una latitud prudente, pero si tu camino te lleva hacia el norte, como es el caso, a veces, te da sustos inesperados, como el día que llegas a North Bay, a primeros de junio, que en vez de hacerlo bajo agua, lo haces bajo nieve. Lo peor. Suerte de la gente que vas conociendo y que, como hicieron las amables mujeres de la oficina de turismo, te acogen en sus cálidas moradas, te dan de comer y te acompañan a la residencia de estudiantes (que ponte tú a buscarla, empapado y congelado como estás, en medio de la niebla y la nieve), donde, gracias a una bañera (que aparte de quitarte el frío te quita la mierda que llevas acumulada de días o semanas) y a lavar la ropa, te acabas sintiendo como un recién nacido. Nuevo de trinca. Y a correr.

Conforme avanzas, de la lluvia vas pasando al sol, sí, y también al viento. El viento del oeste. “¡Cagüen la madre que lo parió!”. Cuando se pedalea contra el viento todo es mental, lo peor que se puede hacer es darle fuerte para intentar avanzar más rápido, pues en cuestión de minutos uno consume todas sus energías. Así que mucha paciencia ('poc a poc i bona lletra', como dicen en Catalunya) y quien no oponga resistencia se lleva un premio de regalo. Hay que bajar platos (incluso al molinillo si es necesario) y pedalear despacio, que más vale tarde que nunca. Así uno puede ir almacenando fuerzas de reserva. Y, con mucha humildad y respeto, avanzar penosamente mientras uno recibe todo el aire en su cara, sintiéndose verdaderamente aplastado.

A veces, sin embargo, te da por cambiar la estrategia y te ves gritando y hablando solo (suele pasar cuando viajas más de dos meses con la bici como tu única compañera -un poco como hacen los pastores-), provocando al viento: ... “Anda, chaval, ¿esto es todo?... ¿No puedes soplar mas fuerte?... ¡Fua, qué cutre viento!... Contigo no tengo ni para empezar... Anda, anímate, demuéstrame de lo que eres capaz, ¡que pareces una nena!...”... y cosas así. Pero es tan sólo un mecanismo de defensa, pues en realidad estás hecho polvo, sobre todo por dentro, pues la sensación de impotencia te va llenando y llenando y poco a poco uno va cayendo en la desesperación, rodando a 8 o 7 Km. por hora.

Un día te das cuenta de que por fin has llegado al gran Lago Superior. Es tan grande que reseguir tan sólo un cuarto de su costa escarpada te lleva cinco días. Lo mejor, aparte de tener el viento a favor en toda tu travesía lacustre, es el contraste entre el país montañoso, verde y selvático (a veces piensas que estás en Brasil en vez de Canadá), con el azul, limpio e inmenso del lago. Lo llamas lago, pero deberías llamarlo océano, pues si el río San Lorenzo era como un mar, el Lago Superior es un océano. Nunca llegas a ver (ni con el mejor telescopio) el otro lado. Trepar y descender por sus abruptas colinas se convierte en el gran divertimento.

No se trata de grandes subidones, más bien son subiditas, subidas y repechos. Así que uno se emociona y va lanzado, tirando de ensaladera (léase plato grande) más que de molinillo. Miras tus piñones y descubres que sólo están alineados los de más abajo, quedándose secos y sedientos los de arriba. A fondo. Y bueno, qué decir que a veces las emociones van seguidas de decepciones, que en esta vida todo lo que sube luego baja, especialmente si un día, mientras avanzas hacia el pueblo de Marathon (donde no hay ni un solo corredor de fondo), te sucede lo esperado.

De repente y sin avisar, como siempre ocurren todos los accidentes, el reventón. ¡¡¡PAAAAAAFFFFFF!!! El sonido es limpio, seco y directo. El efecto, el mismo que el de una explosión. Bueno -en un viaje así uno aprende a mirar las cosas por el lado bueno- puedes estar orgulloso, ¡al menos no has pinchado hasta la mitad del viaje! Pero al desmontar y acudir presto al lugar de los hechos, muy policial, descubres, con cara de gilipollas primero y de resignación después, que allí hay algo más que un pinchazo. Pues la llanta (que por cierto te costó un ojo de la cara) se ha roto del todo, pinchando de paso la cámara, saliendo una tira metálica enterita de la llanta (había más llanta fuera que dentro). ¡Pues vaya mierda de llanta! Hasta aquí hemos llegado. Bueno, la pobre te ha acompañado 4.800 Km., tampoco es para morirse.

En cuanto a ti, lejos de desesperarte y armar una tragedia griega a lo Edipo en medio de la Highway, te pones en marcha enseguida, empujando la bici como una mula. Pero no caminas ni 200 metros cuando un monovolumen con una amable pareja se para en el arcén, te recoge, te lleva a Marathon y hasta que no se asegura de que estás en buen puerto (invitado en casa de los mismos mecánicos, que piden una rueda nueva en Thunder Bay para montarla en mi bici al día siguiente) no se vuelve a ir. Así de enrollados son los canadienses. Después de lo de la rueda no queda sino llegar a Thunder Bay, donde vas para pasar dos días y acabas quedándote siete, regando y cultivando tu vida social y sentimental a más no poder, tanto que la despedida se hace menos que llevadera.

Sigues pedaleando con buen viento y buena vela, a veces ves familias de nutrias que cruzan la carretera. A veces ves familias de lagos (papá lago, mamá lago y baby lago). A veces sorprendes a lobos ociosos en el arcén. Por no hablar de los alces. Y sin casi darte cuenta te ves en Manitoba, la siguiente provincia, donde ruedas por el Escudo Canadiense, un fenómeno geológico que se extiende desde Terranova hasta el norte de Saskatchewan.

Hace dos billones de años, antes de las glaciaciones, una enorme masa rocosa poblaba estas latitudes. La roca resistió las glaciaciones y luego se pobló con el bosque boreal (o del norte). Hay ciervos para dar y tomar y, como inevitable acompañamiento, garrapatas. Cada vez que uno se mete en un bosque sale lleno de estas miserias chupópteras, pues parece que les encanta escalar por las piernas de los ciclistas. Tu antiguo enemigo era el frío, un enemigo, al menos, noble, que daba la cara. Pero ahora tus nuevos enemigos son escurridizos, sucios y oportunistas. El frío se cura con calor. Los mordiscos de las moscas negras, las picaduras de mosquitos y las “churrupaícas” de garrapata, te van ensuciando lentamente y si no te duchas, puedes tener serios problemas, pues las vampiras estas son portadoras de la enfermedad de Lim, de fácil acceso y difícil regreso.

Conforme pasan los días, la tienda, que más que tienda parece un matadero, debe albergar ya todas las criaturas, microbios y parásitos de Canadá. Cualquier día de estos se te presenta un grupo de científicos muy serios, vestidos con trajes blancos y escafandra, para estudiar y clasificar todas estas especies.

Los días pasan. Te despiertas tan temprano que decides seguir durmiendo, sobre todo después de la tormenta eléctrica de la noche anterior... a falta de fe y rosario ibas tú muy resignado, muy al azar y si te parte un rayo, pues que sea rápido y limpio. Sin restos ni sufrimiento. Pero no es así esta vez. Permaneces un largo rato esperando despierto hasta que las luminarias nocturnas se alejan con sus ruidosos y detonantes acompañantes. Por los pelos, pero salvado. Parece que el viento tiene mucho que ver en el alejamiento, como también en tu llegada a Winnipeg, que en vez de ser triunfal, por su culpa, se convierte en un verdadero estropicio. Y te sirve para saber lo que te espera en el próximo tramo del viaje, demostrándote que llanura no es igual a velocidad, y que antes de llegar a las Rocosas, aparte de piernas, necesitarás mucha paciencia.

Pasas diecisiete días en esta ciudad (y en buena compañía) hasta que decides irte, con gran pena para los dos, pues aun queda mucho camino por recorrer y tu billete es de ida y vuelta. Avanzas por fin por las interminables praderas y con el viento casi siempre en contra. A veces el viento insiste tanto que parece quererte empujar de vuelta a Winnipeg y a ella, como diciéndote “te tendrías que haber quedado”. A veces quieres coger el autobús y saltarte todas las praderas del tirón, pues tu mirada está puesta en el oeste y, más que nunca, en las montañas.

Haces tus cálculos y, si consigues hacer 150 Km. cada día, estarás en Jasper en trece jornadas. Si no te parte un rayo, el viento no es más puñetero de lo normal y te aguantan las piernas, crees que podrás conseguirlo. Si lo consigues, tendrás un mes entero para disfrutar las Rocosas y la Columbia Británica, la que, dicen, es la provincia más bonita. Así pues, no te queda sino tirar millas.

1. La ruta2. Sobre el viaje

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