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TRAVESÍA POR CANADÁ: TIERRA ADENTRO, PASIÓN POR LA NATURALEZA
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1. La ruta2. Sobre el viaje
Aquí tenemos la segunda parte de la Travesía de Canadá protagonizada por nuestro intrépido aventurero Carles Freixas. Poco a poco, la nieve y el frío van dejando paso a la primavera. Nos acercamos al interior de Canadá.
Canadá es un país difícil hasta bien entrado mayo (por no decir junio). Los mediterráneos no estamos acostumbrados a estas primaveras de 4 a 12 grados, y los ánimos del cicloturista a veces decaen un poco contemplando una hierba aun amarillenta y podrida (que ha soportado todo el peso de la nieve durante meses, la pobre) y unos árboles grises y desnudos que parecen mirarte pudorosos, como si al pasar descubrieses sus partes más íntimas y les cortases el rollo.
Sin embargo, cuando te acercas mucho a ellos y observas sus ramas (por hacer algo) adviertes que sus capullos están a punto de caramelo, y te dices que es cosa de días que llegue el verdor y la vida, pero son falsas esperanzas, pues aun tendrán que pasar dos o tres semanas para la llegada definitiva de la primavera.
No es fácil levantarse cada día en la tienda y, al salir del saco (que es un engañabobos… por lo que abriga) contemplar en carne propia que el frío sigue allí, omnipresente y terco, resistiéndose a abandonarte, poniéndote las cosas nada fáciles, pues una cosa es salir un rato a darle caña a la bici y a ponerla perdida por tus montes favoritos, mojándote, hundiéndote en el barro, incluso pisando nieve, pero volviendo a casa en un ratito, como un señor, y, claro está, dándote una merecida y santa ducha; y otra cosa muy diferente es estar permanentemente en el frío. Frío de mañana, frío de mediodía, frío de tarde y frío de noche. ¿Querías té? Toma, dos tazas, y que aproveche. “Have a good meal!”, como dicen por aquí.
De todos ellos elijo sin duda el frío de noche, pues es el único que afrontas a 0 Km./h., bien metido en tu saco de pluma después de haberte bebido una buena sopa caliente. Los otros fríos casi mejor que se vuelvan al Ártico o de donde demonios vengan, porque, de verdad, fastidia mucho cuando le das al pedal seis, siete o incluso ocho horas al día, especialmente cuando sopla el viento. Entonces es una auténtica porquería. Si te paras aunque sea sólo cinco minutos (para zamparte tu barrita energética), luego el sudor acumulado se hiela con la primera ventada y te deja como una oveja trasquilada, hundiendo tus ánimos.
La única técnica que hay para superar esta agonía climática es mirar “palante” y crecer con el camino, abstrayéndote y conservando la esperanza de que vas hacia el verano y no al revés, que poco a poco vivirás el cambio y serás la persona más feliz del mundo. Al final acabas aficionándote a leer el parte del tiempo en cualquier diario que pillas por ahí, especialmente en colmados y gasolineras que usas para beber un café asqueroso pero caliente que te reconforta un poquito.
Conservas esta ilusión mientras subes con el ferry a la Isla del Príncipe Eduardo y más tarde ya ruedas por ella, saboreando sus incontables ciénagas y humedales que, aunque sufras lo indecible para cruzarlas (el Trail aquí está encharcado, cuando no fangoso, y con la bici “alforjada” hasta los topes es como pedalear por encima de chapapote, llegando a veces a la desesperación), te recompensan con la enorme flora y fauna que habita en ellas.
A la que te descuidas tienes un “tráfico” de hora punta que no veas, parece el Club Disney tratando de esquivar a golpes de manillar a las ardillas Chip y Chop (que ahora están muy juguetonas y muy primaverales -metiéndose mano todo el rato, para qué nos vamos a engañar) y viendo cada dos por tres a nutrias, faisanes, perdices, castores, patos, puercoespines, aves migratorias, algún que otro Bambi despistado y, sobre todo, liebres, que hay mogollón.
Curiosamente les encanta, a última hora del día, ponerse a ambos lados del camino, creo yo que comentando la jugada:
-Hombre Paco, cuánto tiempo sin verte, ¿qué es de tu vida?
-Pues aquí, Manolo, tirando como buenamente se puede ¡y con unas ganas de que llegue la primavera que qué te voy a contar!
-Ya ves, estamos todos igual. Oye, ¿aun estás con la Gertrudis?
-Sí, jajaja, creo que es la única liebre que me aguanta. Oye, cambiando de tema, ¿no oyes algo a lo lejos?
-Sí, alguien se acerca, pero, ¿quién será?
-Cachis, ¡un ciclista! Ya volvemos a empezar. -Jo, pero si aun es pronto, aun hace frío...
-Pues será que este es de los raritos.
-Pues será eso.
-En cualquier caso, cuando viene uno ya vienen más. ¡Ya se nos ha acabado el chollo! Ala, corre a que aun nos va a atropellar.
Y un servidor, lejos de atropellarlas, se queda embobado con ellas y con su hábitat, y poco a poco te vas haciendo cada vez más a los últimos fríos, pasando una gripe pasajera que durará tres días (y dos ibuprofenos) mientras dejas la Isla del Príncipe Eduardo cruzando el Confederation Bridge, el puente sobre aguas heladas más largo del mundo (13 Km. de puente encima de un mar azotado por el viento).
Cosas de la seguridad, yo no lo puedo cruzar pedaleando, ya que no dejan circular a peatones ni ciclistas por el puente (demasiado peligroso dada la estrechez y el viento constante). Eso sí, hay que apoquinar 4 dólares (bípedos) y 8 dólares (bípedos en bici) para que te venga a buscar la furgo pirata para llevarte al otro lado; una furgo personalizada con múltiples mecanismos para transportar bicis y lo que haga falta con tal de chupar un poquito más de nuestras raquíticas carteras.
Cuando llego a New Brunswick el frío se va yendo (con tres días de oasis climático -el termómetro sube hasta 27 grados- que me permiten darme un baño ceremonial tal como vine al mundo en un río fabuloso), y cuando alcanzo a Quebec, el frío se va del todo. En dos semanas paso de 5 a 25 grados. ¡Fiesta!
Definitivamente ya es primavera, y verde que te quiero verde recorro el enorme río San Lorenzo hacia la histórica ciudad de Quebec (que tiene el mismo nombre que la provincia que ocupa). Aquí la geografía no está sujeta a la escala humana. ¡Qué inmensidad! Creo que sólo en esta provincia caben cuatro o cinco Francias. Y ese nombre... Quebec. Oyéndolo cualquiera diría que es un nombre muy francés, pero en realidad el término actual procede de “Kebek”, palabra de lengua algonquina (los algonquinos eran una poderosa tribu que se extendía al noroeste de los Grandes Lagos) que significa “donde se estrecha el río”. Pero lo que los algonquinos llamaron río, a mi parecer, que tengo el ojo más ibero que algonquino, es un mar alucinante.
El río San Lorenzo... Para cruzarlo en su punto más estrecho necesité una hora de ferry. No sé yo los algonquinos estos cuánto tardarían en cruzarlo con sus canoas, pero creo que nos han vacilado un poquito, ¿no? Y si en vez de dirigirte al asentamiento de Quebec a golpe de remo como hacían ellos, o en barco como hacen ahora, tienes pensado hacerlo en bici con todo el petate, ¡lo llevas claro! ¡Anda que no, vaya subidones! Pero aquí los repechos son muy panorámicos y a media subida ves unas manchas blancas en el río que piensas que no pueden ser olas, así que para salir de dudas te paras (desfondándote un montón), alcanzas tus prismáticos y descubres que lo que ven tus ojos es una familia de blancas belugas nadando a la par.
Así es este país, cada día te da una sorpresa, como la impresionante cascada de Montmorency que hay justo antes de llegar a Quebec, donde por dos días apalancas la bici y “turismeas” un poquito (que a veces también es bueno para el cuerpo), comiéndote las mejores crepes y los mejores croissants de tu vida y conociendo al primer y quizás el último catalán de todo tu viaje, con el que amigas y acabas saliendo por ahí, a comerte la noche y a vivir la vida, que son cuatro días.
Y luego de vuelta al Trail, recorriendo innumerables campos de cultivo y mojándote como un condenado con las primeras lluvias primaverales, hasta que conoces a tu segundo colega, Bill el “canoista” (26 años de canoa con los amiguetes por los salvajes ríos del Norte) que, con 59 años, hace poco se hizo un etapón en bici de 225 Km. (ya quisiéramos otros a su edad estar tan finos), ya que tiene la sana costumbre de darse rulos en bici de seis días por Quebec mientras la parienta está en Francia con los amigos que hicieron en el Camino de Santiago (el “Compostelle”, como lo llama Bill).
Llegamos pedaleando juntos hasta Montreal, donde paso cinco días, dos en un albergue y otros tres invitado en casa de Bill. Después de tantos días en bici por esos caminos de Dios, me siento extraño en esta ciudad tan cosmopolita, pero enseguida me enamoro de ella, haciendo amigos ya la primera noche. Después visito a la gente del Trans Canada Trail, viviendo intensos e inolvidables momentos, como la última cena en casa de Bill con Valentí, mi colega catalán, con quien nos volvemos a ver, y un vino excelente que nos regala nuestro anfitrión.
Se hace muy duro volver a darle a los pedales cuando has conocido a gente tan maravillosa, especialmente cuando te vuelves a quedar completamente solo en tu tienda. Pero a eso has venido, y enseguida vives nuevas aventuras, conociendo por el camino a Nabil, con el que compartes un día y medio pedaleando (¡cómo tira el tío!), y luego Gerald te invita a dormir a su casa en Messines, y al día siguiente lo mismo en casa de Sue y Ray… y así, poco a poco, de casa en casa y tiro porque me toca, llegas a Ottawa, la capital de Canadá, donde, ahora ya sí, estás bien tierra adentro.
Hago cálculos y veo que para ir bien debería estar en Winnipeg el 7 de julio, el 14 a mucho tardar, pero para ello debo cruzar todo Ontario, la provincia más larga de todo el país. He recorrido 3.450 Km., casi nada, ¡y aun me faltan 7.000! ¿Llegaré a tiempo? ¿Aguantarán mis piernas? ¿Y si se me acaba el dinero? De momento la bici y un servidor aguantamos, pero nunca se sabe. Preguntas que uno se hace al desplegar estos mapas canadienses, enfermos de gigantismo, que desaniman a cualquier europeo acostumbrado a las cortas distancias (que al lado de Canadá, Europa parece Micronesia, cabiendo España y sobrando espacio para media Italia en tan sólo la provincia del Yukon). En fin, que lo importante es el camino y no el final, y como decía Antonio Machado, “caminante no hay camino, se hace camino al andar”.
Pues eso, que yo más que andar pedaleo, pero igualmente tengo la sensación de que a este paso nunca llegaré a Vancouver. Y sí, hacerse camino se hace, pero en bici, como dice Bill, “take your time”. Tómate tu tiempo (ya ves si me lo tomo). Llegar o no llegar, esa es la cuestión. ¡Pero la experiencia personal es tan fuerte! Mientras recorro 30 o 35 Km. (qué importa ya eso) y saludo lleno de amor a los ciclistas ocasionales que me cruzo por el Trail, ya no sé si pedaleo hacia Vancouver o hacia lo más profundo de mi interior.
Uno viene a redescubrir América y por el camino, como quien no quiere la cosa, se da cuenta de que se está redescubriendo a sí mismo. Y todo esto gracias a mi bici, que tan humanamente me acerca a esta naturaleza, a estas personas y a estas conclusiones.
Continuará...
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