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TÚNEZ, LA LLAMADA DEL DESIERTO

El Mundo de la Mountain Bike nº 050

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1. La ruta2. Sobre el viaje 3. Curiosidades

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Todo viaje surge de una inspiración, de un momento de lucidez. En mi caso, el desierto del Sahara me venía llamando desde hace un tiempo. Había estado en Egipto y en Jordania con la mochila, pero necesitaba algo más. Y sobre todo, unir la parte de viaje “mochilero” con la de hacer un viaje en bici.

Quería salir de ese turismo alternativo a lo Lonely Planet, que ya es tan de masas como el de agencias de viaje, y además hacerlo con la bici. Sin arrastrar unas alforjas a cuestas, con libertad total de movimiento. Así que me fijé en un pequeño país mediterráneo del que ya tenía buenas referencias: Túnez. Lo primero que hice fue averiguar si Túnez ofrece algo para hacer en bici. La idea era llegar en tren o en bus a los pueblos más cercanos al desierto y desde allí hacer rutas o excursiones de un día. Es decir, llegar a un sitio, montar la bici y conocer la zona.

Descubrí que Túnez ofrecía buenas posibilidades para hacer MTB. Pero en este tipo de viajes, alrededor de un 80% lo forma el componente “ya veremos con qué me encuentro”, y precisamente eso es lo que lo hace atractivo. Aún así hay que dejar el mínimo de cabos sueltos antes de llegar al sitio. Me hice con un buen mapa, horarios de trenes, datos de alojamiento y diseñé un itinerario básico para 12 días de viaje. Eché mano de una bolsa especial para transportar la bici desmontada, metí lo imprescindible en una mochila, junto con el Camelbak de 3 litros, y cuando quise darme cuenta ya estaba en el aeropuerto.

Llegué a Túnez un domingo a mediodía. No tenía hotel reservado, así que cogí un taxi, metimos la bici con ayuda del simpático taxista y nos dirigimos a Sidi Bou Said, un pequeño pueblo costero de casas blancas y ventanales azules. Una vez en el hotel saqué mi Heckler de la caja, donde la había traído en el avión, y comprobé que había llegado perfectamente –¡uff, qué alivio!-. La monté y me fui a dar los primeros pedales por Túnez. La sensación era extraña. ¡Llegar a un país, soltar la
mochila y coger la bici! Esto es mucho mejor que hacer turismo, y con el aliciente de estar montando en bici en un sitio extraño.

Al día siguiente bajé hasta Túnez capital y cogí el tren hasta Gabés, 450 Km. al sur. Moverse con 28 Kg. de peso entre la mochila y la bolsa con la bici no era nada fácil, pero gracias a los taxis no tuve que hacer casi ningún trayecto a pie durante mucho rato. La gente miraba la gran bolsa negro que llevaba al hombro mientras esperábamos al tren. La red ferroviaria de Túnez es muy buena, y pude colocar mi bolsa misteriosa sin problema en el vagón de primera con aire acondicionado.

Cinco horas mirando el paisaje y estaría en el interior del país. Hasta el tercer día de viaje no llegaba a una zona interesante para hacer en bici. Matmata es conocido por ser uno de los lugares donde George Lucas rodó La Guerra de las Galaxias. El paisaje, por tanto, empieza a ser desértico. Se empiezan a ver senderos y pistas que se pierden en el horizonte pelado y rocoso, y las sombras de los árboles brillan por su ausencia. Esto ya es otra cosa. Un día a media tarde fui hasta Tamazret, un
pequeño pueblo bereber a 15 Km. de Matmata. Algo tranquilo y llano para poder hacerlo a la hora de más calor. Los pueblos bereberes son muy particulares, con estrechas calles empedradas que tienen lafinalidad de crear corrientes de
“Cuando llegué a Túnez un taxi me llevó hasta Sidi Bou Said, un pequeño pueblo costero de casas blancas y ventanas azules.

Una vez allí monté mi Heckler y me fui a dar los primeros pedales por este país” aire y refrescar el ambiente seco. Y como en todos los pueblos y ciudades árabes, de vez en cuando el silencio se ve interrumpido por la llamada a la oración –muecín- desde las mezquitas. Es buen momento para tomarse un té a la menta. En los alrededores del pueblo veo varios caminos que conducen a pequeños palmerales. Decido seguirlos a ver hacia dónde van y así estrenar los polvorientos caminos tunecinos. Después de un buen rato entre las piedras y trialeras de algunos caminos, vuelvo a Matmata por unas pistas paralelas que he visto al venir.

A izquierda y derecha veo las viviendas típicas de la zona, casas trogloditas excavadas en la tierra, siempre para evitar el sol y el viento. Las áridas montañas de tierra y roca sólo albergan algunos matorrales y los rebaños de cabras transitan milagrosamente entre los riscos, llevándose a la
boca un puñado de matojos. De repente veo un estrecho sendero a mi derecha, que baja y se pierde de vista al poco. No me lo pienso y me tiro a por él. Me da lo mismo vaya donde vaya. Resulta ser un singletrack divertidísimo lleno de curvas y pequeños peraltes, bordeando el filo de unos montículos. La tierra
está compacta, aunque demasiado seca para lo que acostumbramos por nuestras latitudes.Y así paso toda la tarde hasta llegar de nueval hotel y zambullirme en la piscina viendo la puesta del sol.

La jornada siguiente la dediqué a recorrer las estribaciones del Gran Erg, el extremo oriental del Sahara. Desde Matmata hacia el sur sólo es posible moverse en 4x4 o louage, furgonetas de transporte colectivo. Negocié atravesar unos 150 km de desierto en 4x4 hasta Ksar Ghilane, un oasis peculiar en esta parte del desierto, ya que las dunas que lo rodean son de un tono rojizo muy intenso. La pista se adentraba cada vez más en un paisaje desolado, donde sólo se veían los restos esqueléticos de algunos gasoductos y algunas caravanas
de camellos que campaban a sus anchas por el horizonte. Las tribus beduinas nómadas pastorean a los camellos, y desde la pista se pueden ver las
jaimas en las que acampan.

En Ksar Ghilane puedo dar una vuelta con la bici, pero empiezo a comprobar que pedalear en la finísima arena es prácticamente imposible.
El esfuerzo de avanzar entre la arena bajo el sol es demasiado, y sólo puedo adentrarme unos cientos de metros entre las dunas e intentar otear algo más allá del horizonte inhóspito. Desde Ksar la mayoría de expediciones y viajes organizados
en 4x4 o camello. El pueblo es pequeño pero muy enfocado al turismo, aunque como en la mayor parte de Túnez el ambiente es muy tranquilo y agradable, al menos en el mes de mayo. Douz también se encuentra en medio de un oasis, y fuera del pequeño reducto de calles y casas sólo hay arena y más arena. La vida se concentra en el zoco, algunos cafés y el mercado.

POR FIN EL DESIERTO
Llega el día más esperado del viaje. Hacer una ruta por el desierto. En mi mapa guran varios pueblos que se extienden a unos 20 Km de Douz hacia el suroeste, internándose en el desierto. Hay una pista medio asfaltada que atraviesa estos pueblos, y es la única forma de transitar en el desierto sin recurrir a los camellos. La ruta es llana y con un agradable viento de espalda que me hace poner el plato grande todo el camino.
Soy consciente de que a la vuelta tendré este mismo viento en contra, pero me dejo llevar. Atravieso el primer pueblo, Zaafrane, sin apenas esfuerzo. La pista se queda a veces oculta por la arena que arrastra el viento. A menudo se atraviesan pequeños lagos salados. El firme es duro así que puedo salirme de la ruta adentrándome en el verdadero desierto. La sensación es fantástica.

Los kilómetros pasan y pasan y cada vez me siento más aislado de la civilización y más atraido por ver qué hay más allá. Bebo agua a cada pocos minutos, ya que aunque hay algunas nubes, el sol es implacable. El turbante que llevo puesto en la
cabeza me aisla completamente del sol y es fresco. Sigo pedaleando hasta Al Fauar, a 45 Km de Douz. Alrededor de este pequeño pueblo, con sus calles medio enterradas por la arena y el viento, no hay más que un mar de dunas de tonos ocres, muy diferentes de las rosadas de Ksar Ghilane, unos cientos de kilómetros más al este.

Tras una breve parada, es hora de volver a Douz por donde he venido. Pero esta vez con un invitado: el viento, que ahora deja de ser un aliado y hace difícil siquiera abrir los ojos tras las gafas de sol. Las historias de tuaregs que había leído eran ciertas. El peor enemigo en el desierto no es el sol, o la falta de agua. El viento es más poderoso que todos ellos. Los minúsculos granos de arena que levanta el viento entran por cualquier recoveco de la ropa, las gafas, las botas, y pueden erosionar algo más que la piel poco a poco, imperceptiblemente.
Las fuerzas para seguir adelante pedalada tras pedalada, frente al viento y las dunas, en medio de un paisaje desolado, vacío, y con el sol en su punto más alto, se agotan al ritmo de un reloj de arena.

Pedalear 45 Km. contra el viento del Sahara requiere tomárselo con mucha calma. Olvidar los amagos de calambres, dosificar el agua y beber regularmente pequeñas cantidades. Pero sobre todo, como muchas otras veces en la montaña ante una dura subida o un largo camino de vuelta cuando tienes las fuerzas justas, no parar, ir poco a poco. Canturrear una canción, pensar en cualquier cosa… liberar la mente. Poco a poco van cayendo los kilómetros sin darse cuenta, hasta llegar a la meta.

Supongo que este es el encanto del desierto que siempre había oido. Por eso tanta gente repite y vuelve al desierto una y otra vez. ¿Qué sentido tiene poner a prueba la resistencia de un ser humano en un lugar tan extremo? Quizás sea esa exigencia de superarse a uno mismo, el liberarse de todo y sólo centrar tu esfuerzo en cada paso o cada pedalada que das. Y eso que sólo fue una breve ruta de unas horas.
Al día siguiente estuve rodando en el oasis de Douz, un enorme palmeral en el que se cultivan todo tipo de productos, y por supuesto dátiles. El oasis está ordenado en pequeños senderos que comunican las parcelas, y resulta divertido ir por los estrechos caminos de tierra compacta, donde a menudo hay regueros y pequeños saltos. Además el ambiente es mucho más suave y fresco, obviamente. Así me recupero de los 90 Km. del día anterior.

Al salir de Douz hacia el noroeste atravesé Chott el Jerid, un lago salado por el que cruza la carretera hacia Tozeur. A la orilla derecha del lago el suelo era blanco y refulgente, y la escasa agua que había en el fondo estaba teñida de tonos rojizos por los minerales que arrastraba. La orilla izquierda, en cambio, era de un azul que se fundía con el cielo, y no existía la línea del horizonte. Un paisaje mágico donde es fácil ver espejismos.

Hubiese estado bien atravesar esta carretera en bici, pero la sola idea de pasar casi 100 Km. bajo un sol abrasador, sin puntos de agua dulce y un tráfico denso, hizo que disfrutara aún más del viaje en la furgoneta con las ventanillas bajadas y departiendo con los tunecinos que viajaban conmigo.

En Tozeur también hice una excursión de un día a la población de Nefta, tan sólo a 35 Km. de la frontera con Argelia. No imagino un modo mejor de recorrer el laberinto de callejuelas en las medinas de Tozeur o Nefta que con la bici. Sin saber qué puede esconder la siguiente esquina, internarse en la medina es sumergirse en otra época, otros olores, voces y sensaciones. Se mezcla la basura con la delicada riqueza de las mezquitas, las especias de los restaurantes con el aroma del té; el humo de las sishas con el de los ciclomotores.
Desde Tozeur atravesé de nuevo el interior en tren hasta Sousse para descansar en sus enormes y populosas playas, ya con multitud de ingleses y alemanes alrededor. Y un par de días más tarde volví al aeropuerto y me despedí del país visitando un vestigio más del pasado de Túnez: las ruinas de Cartago.
Así es Túnez. Una mezcla armónica entre desiertos y vergeles. Ciudades costeras para los turistas y lugares recónditos para los aventureros. Senderos y pistas interminables que se adentran en el horizonte. Un país para perderse durante unos días con la bici con total libertad y posibilidades infinitas.

Una vez que he probado el desierto quién sabe si me habrá picado el gusanillo y tendré que volver algún día. Como dicen los árabes: Insallah.

- En Túnez siempre hay que regatear los transportes: taxis, louage, 4x4... No es tan común en la comida, aunque depende de dónde también habrá que negociar el precio de un shawarma o una bebida.

- La comida normalmente es picante, a no ser que se especifique que la queremos sin picar.

- El idioma utilizado por la gente es el árabe y el francés. Casi todo el mundo habla francés muy bien, pero muy poca gente sabe inglés. También las palabras comerciales del español en las zonas turísticas: Barato, hola-hola pepsicola, y no puedor, no puedor.

- Es necesario beber agua embotellada, y hacerlo a menudo, especialmente en las horas centrales del día. Beber té o café caliente también ayuda a disminuir la sensación de calor.

- Las rosas del desierto (piedras calcáreas típicas del desierto), artículos de cuero y artesanía son los productos más interesantes para comprar como recuerdo.

- Los tunecinos son bastante amables y normalmente no intentarán darnos gato por liebre. Eso sí, son muy meticulosos en las aduanas y los controles del aeropuerto.

- Sousse, Monastir o Hammamet son centros turísticos. Sidi Bou Said también, pero es de visita obligada por su belleza. Otras ciudades importantes son Sfax, Gabés, Tozeur, Bizerte o la isla de Djerba.

- Las noches en el desierto son frías y suele hacer viento siempre.

- Desde Douz, Matmata o Tozeur es posible contratar excursiones guiadas en 4x4 para recorrer el desierto. Suelen ser caras y con bastante gente, pero merece la pena conocer las fortalezas en el desierto (ksar) o las casas trogloditas.

VIAJANDO EN BICI
B>Túnez: 9,9 millones de habitantes.
Moneda:dinar. 1 dinar equivale a 0,7 euros aproximadamente.
Visado: no es necesario.
Red ferroviaria:Socité National des Chemin de Ferres Tunisia. www.sncft.com.tn. Billete Túnez-Gabés (450 km): 14 euros. Se pueden transportar bicicletas siempre que estén desmontadas y viajando en primera, ya que hay más espacio en los vagones.
Transporte de bicicleta:no supone coste extra en el avión, a menos que se supere el peso máximo por pasajero (20 Kg. en turista y 30 en business). Recomendable embalar la bici en una caja. Desmontada y sin aire en ruedas y suspensiones.
Clima: muy seco. En los meses calurosos, entre el mediodía y las 6 de la tarde no hay actividad en el país.
Horario: el mismo que en España (+1 GMT).
Platos típicos:shawarma, kebab, brick, crêpes, tagine, couscous.

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