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VIAJE POR CANADÁ (4ª PARTE): SUFRIENDO LAS PRADERAS

El Mundo de la Mountain Bike nº 053

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1. Sigue la ruta2. Sobre el viaje3. Curiosidades

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Ni 150 Km. diarios, ni promedios, ni nada parecido. Para un biker amante de la montaña cruzar las praderas se convierte en un calvario. No sólo porque en Winnipeg uno deja asuntos personales y va pedaleando sin querer y con mucha tristeza, sino también por el viento, que ya sólo el día que dejo la ciudad del grano se me echa encima y me deja tocado y hundido.

Es feo levantarse en la tienda después de una jornada entera pedaleando contra un viento atroz. Es más feo notar que tus piernas van más que cargadas y que al día siguiente no puedes hacer ni 20 Km. Quema. Las piernas te queman. Pareces llevar agujas clavadas en las rodillas. No puedes levantarte del sillín porque cada vez que lo haces das un alarido de dolor. El dolor se hace cada vez más insoportable; a pesar de esto avanzas, sigues avanzando con determinación y por inercia hacia el oeste.

Aguantas así varias jornadas, siempre con el viento en contra, hasta que te dices que se acabó, que si sigues así te vas a destrozar las piernas para el resto de tus días. Y uno aquí ha venido a viajar, no a sufrir, así que después de siete días de suplicios y torturas, luchando contra ti mismo y tus propios demonios, te plantas en Yorkton, a las puertas de Saskatchewan, y te dices que te vas a tomar unos días de descanso. Allí, con mucha desesperación y malestar, acudes a una masajista que te diagnostica lo que no quieres oír: tendinitis y reposo. ¡Lo que te faltaba!

Te montas el campamento base en el parque del pueblo y haces amistad con la heladera, que entre helado y helado te va contando cómo es la vida en las praderas y por qué todo el mundo pasa de largo. Aquí no hay dinero, aquí no hay futuro. Sin embargo aquí hay tranquilidad, y no sabes, Nicole, lo que pagarían en Barcelona por disfrutar de tus helados a la sombra mientras gozan de tu paz y tu silencio.

Los pequeños momentos empiezan a dar sentido a tu viaje, empiezas a descubrir que lo más importante no es pedalear, sino el conjunto de todas las cosas. Un buen día, después de haber pasado varios días en Yorkton, descubres que tus piernas siguen igual, es decir: de pena.

Te has debatido durante dos semanas, te lo has estado pensando, has valorado todos los pros y los contras. Has estudiado el mapa, un mapa donde ya no importan los nombres de los ríos y ciudades, sino ya sólo las distancias. Te obsesionas con las distancias. Ya sólo ves Km. La decisión es dura. Seguir pedaleando a riesgo de perder las piernas para marcarse la vacilada, o ser prudente y coger el autobús hasta Jasper. Un buen día te ves en la estación de autobuses comprando el billete. Ya está. No te das ni cuenta y te ves metido en el autobús, tu bici bien embalada en la bodega.

Mientras el mastodonte metálico y ruidoso devora los Km. miras por la ventana y descubres que tampoco te estás perdiendo nada, que todo lo que te rodea son praderas, todo plano y monótono, sin nada que te anime la vista. ¿Y aquí vivían los indios? Persiguiendo búfalos y fumando todo el día, digo yo, porque poco más puede hacerse, la verdad. ¡Vaya coñazo vivir en las praderas! Sin embargo, en el fondo, y por muy aburrida que sea la travesía de las llanuras a pedal, me fastidia mucho estármela perdiendo. Ya no me siento tan independiente y orgulloso como lo había estado hasta Winnipeg. Dejo atrás Saskatoon y Edmonton, la ciudad de las promesas.

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